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4 de diciembre de 2016

LAS MUÑECAS QUITAPENAS (un cuento de navidad)

La abuela materna de Juan había nacido en Guatemala, ni siquiera ella sabía cuántos años hacía de eso. Todas las abuelas guatemaltecas (la abuela de Juan no iba a ser diferente) les cuentan leyendas y cuentos a sus nietos antes de irse a dormir. Pero lo que diferenciaba a la abuela del Juan del resto de abuelas, es que ella creía con ciega fe en el poder de la tradición oral. Pensaba que lo que se transmitía de generación a generación a lo largo de tantos
lustros, a la fuerza, tenía que ser cierto.
El día de Navidad sorprendió a su nieto regalándole una pequeña caja de madera. Cuando Juan abrió la misteriosa caja encontró seis muñequitos con vestimentas indígenas. Parecían hechos a mano con alambres y diferentes telas e hilos de colores. Ese regalo, que cabía en la palma de su mano, estaba muy lejos de ser la bicicleta nueva con la Juan soñaba. Ante su cara de decepción, su abuela le explicó que eran "muñecas quitapenas".
- ¿Muñecas quitapenas?- le preguntó extrañado.
- Exacto. Según la tradición de los indígenas mayas del Altiplano de Guatemala, cuando los niños tienen miedo, preocupaciones o pesadillas por la noche, se lo cuentan a las muñequitas antes de irse a dormir. Luego las colocan debajo de la almohada y al amanecer, los sueños feos desaparecen- fue la respuesta de su abuela, pero tampoco pareció convencer a Juan.
Juan con diez años se sentía demasiado mayor para contarle sus preocupaciones a una muñeca y, además, no creía en la magia, ni en los hechizos, pero sí creía en su abuela, así que buscó la forma de no decepcionarla. Decidió que, en lugar de contarles preocupaciones, les pediría deseos. Se acercaba el final del año y en esas fechas todo el mundo empezaba de cero, nadie parecía tener preocupaciones y sí muchos proyectos nuevos y sueños por cumplir. Juan no sabía exactamente qué era lo que más anhelaba y preguntó a sus amigos para que le ofrecieran alguna pista. Casi todos soñaban con tener super poderes, como los protagonistas de los cómics que leían. Pero Juan no soñaba con volar, con tele transportarse, con poder estar en varios sitios a la vez o con ser capaz de detener el tiempo. La vida de Juan era bastante especial comparada con la del resto de los niños de su barrio.
Juan pensó una y otra vez en lo que deseaba. Quizás dejar de ser un niño, sí era eso lo que le pediría a las muñecas. Quería ser alto y fuerte, convertirse en algo así como en "un príncipe vengador" para saldarse todas sus deudas. A menudo se sentía débil e inseguro, especialmente cuando desde su habitación escuchaba lo gritos. Si en ese momento tuviera que elegir un animal que le identificase, sería, sin duda, un avestruz que esconde la cabeza dentro de la tierra, incapaz de enfrentarse a los problemas.
Juan se dejó caer en su cama mientras resoplaba y contempló el dibujo hecho por él mismo hacía unos años. Su madre se había limitado a clavarlo con la ayuda de unas chinchetas de colores en la pared de su habitación, sin preguntarle ni siquiera qué representaba. Era su propia casa, pero sin lindos colores, sólo utilizó el color negro. A sus padres los había dibujado con un algo sobre la cabeza. Sí, Juan lo recordaba, era un casco. Cogió el dibujo y lo hizo mil pedazos. Depositó los trocitos en la mesilla, junto a la caja de madera que le había regalo su abuela. Después, extrajo una de las muñecas y le pidió convertirse en un niño invisible para huir sin ser visto cuando su casa se convirtiera en un lugar oscuro. Después puso la muñeca debajo de la almohada, tal y como le había explicado su abuela, y se acurrucó entre las mantas.
Juan, sin saberlo, ya tenía ese super poder, el de la invisibilidad. Nadie le escuchaba, sólo su abuela y aquellas diminutas muñecas. El resto, muchas veces, ni se percataban de su presencia. Lleva mucho tiempo viviendo así, en el mundo enrevesado de los adultos.
A la mañana siguiente lo primero que hizo al despertarse fue guardar la muñeca nuevamente en la caja. Después, fue a la cocina a prepararse el desayuno, no podía esperar a que nadie se lo preparase, aunque fuera Navidad y estuviera de vacaciones. Derramó un poco de leche sobre la mesa y en ese momento su madre apareció enfurecida.
- ¿Por qué tienes que ser tan torpe? ¡No sirves para nada, igualito que tu padre!- le gritó.
Juan se giró y sin pensarlo la llamó "puta". Cuando se escuchó a sí mismo, no podía creer que esa palabra hubiera salido de su boca. No quería insultarla, es que muy pocas veces había oído que la llamaran mamá.
Juan dejó de ser un niño invisible en ese mismo momento.
                                                     cuento de navidad por sol muñoz
Jesús Miravalles Gil
                                           

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