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20 de abril de 2016

EL GATO Y EL JARDIN

Lo vi por primera vez el viernes pasado y hoy lo he visto por segunda y última.
Iba al trabajo y pasaba por delante de una casa con jardín, de esas donde viven gente que tienen todo lo que se puede comprar con dinero. El jardín era realmente bonito.
Por la reja se veía una gato, atigrado, oscuro, lo suficientemente sucio como para saber que no era de los dueños. Lamía lentamente algo que había en el suelo, algo pequeño, no sabría decir qué. Lo llamé ¡pst! y se giró, muy, muy lentamente. No hizo ademán de acercase, ni de irse, no mostró curiosidad. Volvió a girarse igual de lentamente y siguió lamiendo lo que fuera.
Su forma de mirarme me hizo sentir muy triste y me recordó algo pero en el momento no supe qué. Pensé en traerle algún día comida, luego seguí hacia la oficina.
Hoy lo he vuelto a ver, a la misma hora. Lo he encontrado tumbado de lado en medio de la acera, como duermen los gatos confiados cuando el calor aprieta, con las cuatro patitas estiradas.
Pero no hacía tanto calor y no dormía.
Me he parado unos segundos y me ha hecho sentir realmente mal. No es sitio para ti, en medio de la acera, por donde pasa todo el mundo, ¿ni tiempo te dio para esconderte? No parecía tener ninguna herida.
Los gatos saben de la vergüenza de morir, de  la vergüenza de estar enfermos o heridos, siempre se esconden, no esperan ayuda alguna del mundo. O sobreviven solos o no sobreviven. Son orgullosos y han de ser perfectos ante el universo.
Bajando a la oficina he pensado en su mirada del viernes y lo que me recordaba, me recordaba a esos niños hambrientos de los países pobres que miran las cámaras sin
esperanza, ni fuerza, lentamente, como si supieran que ya casi no son de este mundo y nuestras pequeñeces les parecen irreales, como si ya pasearan por otra realidad.
Volviendo a casa temía volver a encontrármelo pero el servicio de limpieza es muy eficiente en los barrios pudientes, la acera estaba vergonzosamente vacía y nadie tenía ya por qué asquearse de nada.
Me he preguntado si no era suficientemente bonito para el jardín, si lo han envenenado. Me pregunto si los dueños del jardín que tienen todo lo que se puede comprar con dinero son realmente conscientes, que eliminando detalles superfluos, al final a todos nos espera el mismo destino.

                                                 ACTO DE GENEROSIDAD
Al hilo de la historia del gato y el jardín he querido añadir esta otra .
Paseaban por la ciudad un maestro con un novicio. Este preguntó.
Maestro en el camino de las  (perfecciones) la primera es la generosidad  pero ¿cómo se puede ser perfectamente generoso? Aquel que da limosnas espera mejorar su karma y renacer en el cielo, el vecino ayuda al vecino para recibir el mismo trato o para que su reputación mejore, aunque sólo sea por unas gracias o un reconocimiento ¿dónde está la generosidad pura si todo el mundo espera algo a cambio de sus actos?
 Ves esa anciana, cada día sale de madrugada a la calle para llevar comida a los gatos callejeros. Son gente pobre y su marido la riñe a menudo por ese despilfarro. Los vecinos la odian pues afirman que con su actitud atrae animales con enfermedades y que molestan. Ninguna religión jamás le reconocerá mérito alguno por ese acto y ella lo sabe. De los mismos gatos no puede esperar nada, si intentara apenas una caricia con suerte huirían aunque una arañazo tampoco puede descartarse.  Entonces ¿por qué lo hace?  Los gatos tienen hambre, eso basta.
                                   
                              https://petitcalfred.wordpress.com/2011/05/30/gato-y-jardin/

Jesús Miravalles Gil

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